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Lola Pelayo

Equipo en oficina durante la vuelta al trabajo en empresas, con personas motivadas y otras cansadas tras las vacaciones

Septiembre no necesita motivación: necesita revisar cómo trabaja tu empresa

La vuelta al trabajo no se ordena con frases positivas ni reuniones eternas de arranque. Se ordena revisando cargas, autonomía, comunicación y decisiones pendientes antes de que el ruido vuelva a taparlo todo.

Septiembre tiene un peligro muy concreto en las empresas: parece un comienzo, pero muchas veces solo es la reactivación del mismo desorden con el que os fuisteis de vacaciones.

Volvemos y se encienden las agendas, regresan las miles de reuniones, aparecen los correos pendientes, se recuperan proyectos que quedaron “para después del verano” y alguien, en algún momento, pronuncia las frases inevitables: “Venga, que empezamos con energía”, «esas pilas cargadas, que se noten»…

Y yo no tengo nada contra la energía. Muy al contrario. Pero conviene no confundir energía con dirección. Una empresa puede volver con mucha energía y seguir funcionando regular. Puede llenar septiembre de reuniones de arranque, mensajes positivos y buenos propósitos corporativos, y aun así mantener los mismos problemas que ya estaban antes de agosto.

Si antes del verano había sobrecarga, vuelve, puede que aumentada. Si había decisiones aplazadas, vuelven más grandes. Si había mandos intermedios saturados, septiembre les cae encima con menos margen. Si la comunicación interna era confusa, el regreso no la vuelve clara por generación espontánea. Y si el equipo ya venía cansado, una frase motivacional no lo recompone. Como mucho, lo decora. Puede que incluso lo cabree. Porque decorar el cansancio tiene un límite bastante corto.

La trampa del “nuevo curso, nuevos retos”

Septiembre se ha convertido en una especie de enero empresarial. Nuevo curso, nuevos objetivos, nuevos retos, nuevas oportunidades. Todo nuevo. Todo en positivo. Todo con ese brillo de carpeta recién comprada que dura exactamente hasta que aparece la primera urgencia mal planteada.

El problema no está en marcar objetivos ni en activar al equipo. El problema está en hacerlo sin revisar qué condiciones reales tiene la organización para sostener lo que se le viene encima.

La empresa no necesita más impulso. Necesita más claridad.

Claridad sobre prioridades.
Claridad sobre responsabilidades.
Claridad sobre qué proyectos siguen teniendo sentido.
Claridad sobre qué conversaciones no pueden esperar más.
Claridad sobre qué parte del equipo está cargando demasiado.
Claridad sobre qué se está llamando compromiso cuando en realidad es sobreesfuerzo normalizado.

La motivación sin claridad es combustible tirado en el suelo. Puede prender, sí, pero no necesariamente en la dirección que te conviene.

Lo que septiembre revela

Como las vacaciones, si quieres observar, la vuelta al trabajo en empresas puede dejar algunas señales bastante útiles, pero otra vez solo si alguien se toma la molestia de mirarlas sin maquillarlas.

La primera señal es la urgencia automática confundida con la importancia. Todo parece importante porque todo vuelve a estar activo a la vez. Pero cuando todo es urgente, en realidad nadie está priorizando. Solo se está reaccionando.

La segunda es la dependencia. Como te contaba en el último post, agosto suele mostrarlo con bastante crudeza: procesos que se bloquean si falta una persona, decisiones que nadie toma sin validación, información que solo conoce alguien concreto, equipos que funcionan más por memoria individual que por sistema. Eso no es eficiencia. Es fragilidad organizada con buena voluntad.

La tercera señal es el cansancio temprano. Hay equipos que vuelven y, en pocos días, ya están otra vez en modo supervivencia. Sí, esas personas que dicen: «parece que no me he ido de vacaciones». Y no es porque sean poco resilientes, sino porque regresan al mismo diseño de trabajo que las agotó antes. A veces llamamos falta de actitud a lo que en realidad es mala organización. Por eso conviene saber detectar a tiempo el burnout antes de convertirlo en paisaje.

La cuarta es el atasco de conversaciones pendientes. Y muchas de esas conversaciones empiezan por saber dar y recibir feedback emocional efectivo sin convertir cada corrección en una batalla. Todo aquello que se dejó para septiembre vuelve con intereses: conflictos pequeños que ya no son tan pequeños, expectativas no aclaradas, funciones difusas, personas que necesitan feedback, decisiones que se han evitado porque incomodaban…

Y la quinta señal es la presión sobre los mandos intermedios. ¡Uf qué peligro! Septiembre suele caer sobre quienes están en medio como un armario mal anclado: dirección pide velocidad, los equipos piden claridad, los clientes piden respuesta y esas posiciones tienen que convertir todo eso en funcionamiento diario. Si no tienen herramientas, criterio y respaldo, no lideran: hacen contorsionismo.

No es un problema emocional. Es organizativo.

Me interesa mucho este punto como puedes imaginar, porque aquí se confunden muchas cosas.

Y es que la vuelta tiene un componente emocional indiscutible. Las personas no somos interruptores. Volver al ritmo de trabajo después de las vacaciones implica reajuste, energía, expectativas y cierta resistencia natural. Hasta ahí, nada raro.

Pero cuando una empresa interpreta todo lo que ocurre en septiembre como un problema de ánimo, se equivoca de diagnóstico. No todo se arregla animando. No todo se resuelve con actitud. No todo mejora diciendo “vamos a por ello”.

A veces el equipo no necesita motivación. Necesita saber qué es prioritario y qué no.
Y no necesita una reunión inspiradora. Necesita que se retiren tareas absurdas.
Puede que tampoco necesite más compromiso. Seguro que necesita límites.
Y tampoco necesita que le digan que confían en él. Necesita autonomía real para decidir.

El bienestar laboral depende mucho de cómo está organizado el trabajo, cómo se lidera, cómo se comunica y qué se permite en la cultura diaria. No es solo una cuestión del ánimo de la gente. Ojalá fuera tan simple, porque es menos cómodo que hablar de motivación, pero bastante más útil. Esto conecta directamente con la prevención de riesgos psicosociales en el trabajo, especialmente cuando hablamos de cargas, claridad, organización y liderazgo.

Tres preguntas para dirigir septiembre con criterio

Antes de llenar la agenda con planes, campañas internas, reuniones de seguimiento y frases de arranque, yo te sugiero hacerte tres preguntas.

1. ¿Qué no debería volver igual?

Esta pregunta es más potente de lo que parece. Si todo vuelve igual que antes del verano, la empresa está desaprovechando una oportunidad de aprendizaje.

Puede que no deba volver igual una reunión que nadie considera útil. O una forma de validar decisiones que ralentiza todo. O un reparto de tareas que estaba quemando a las mismas personas. O una manera de comunicar cambios que generaba confusión.

Y no, no hace falta transformarlo todo. Pero sí conviene identificar qué no merece seguir por pura inercia.

2. ¿Qué decisión pendiente está generando más ruido del que parece?

Las decisiones aplazadas rara vez se quedan quietas. Aunque nadie las nombre, ocupan espacio. Quizás sea una decisión sobre un rol poco claro, o sobre una persona que no está funcionando. Puede que sea la decisión sobre un proyecto que consume más de lo que aporta, o sobre prioridades incompatibles o sobre límites con clientes, proveedores o equipos.

Recuerda que lo no se decide también dirige. Solo que dirige peor.

3. ¿Qué necesita realmente el equipo: motivación, claridad o límites?

Esta pregunta debería estar enmarcada y en la pared de muchas salas de dirección. Porque a veces se ofrece motivación cuando lo que falta es claridad. Se pide implicación cuando lo que falta son límites. Se reclama autonomía cuando cada decisión pequeña sigue pasando por arriba. Se habla de confianza mientras se fiscaliza cada movimiento. Y si algo daña a los equipos son las contradicciones.

Septiembre no debería ser un acelerón

Dirigir bien septiembre no consiste en entrar derrapando en el último tramo del año. Consiste en revisar cómo se quiere trabajar antes de que la velocidad vuelva a justificarlo todo. La OIT viene insistiendo en que el entorno psicosocial del trabajo depende del diseño de los puestos, la organización y la gestión del trabajo, no solo de la actitud individual.

Porque una organización no se desordena de golpe. Se desordena cada vez que una prioridad se suma sin retirar otra. Cada vez que una conversación difícil se aplaza. Cada vez que una persona sostiene más de lo razonable porque “ella puede”. Cada vez que una incoherencia se normaliza porque ahora no es buen momento para abrir ese melón. Y nunca es buen momento para abrir melones organizativos. Ese es precisamente el problema. 

Pero septiembre puede ser un buen momento para dejar de confundir movimiento con avance. Para mirar qué reveló el verano. Para revisar qué vuelve con demasiado peso. Para decidir qué no debería repetirse. Para proteger la energía del equipo sin convertir el cuidado en un cartel bonito.

Menos “volvemos con todo” y más “vamos a decidir qué merece realmente nuestro esfuerzo”.

Porque volver con energía está bien. Pero volver con dirección es bastante mejor.

Hablo de lo que importa: personas, emociones y comunicación.

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